Más allá de su notable sensibilidad espiritual, Chiara es una chica como cualquiera: alegre, animada, extrovertida y reservada al mismo tiempo. Una verdadera deportista: practicaba patinaje y tenis; amaba la montaña, pero le encantaba el mar.

En Sassello tiene muchos amigos con los cuales se junta con frecuencia en el Bar Gina. Muchos le confían dudas y dificultades, encontrando en ella una extraordinaria capacidad de escucha, sensibilidad y una profundidad verdaderamente especial para una adolescente.

A la mamá, que le pregunta si con ellos cada tanto habla de Dios, ella responde decidida: “No tengo que hablar de Jesús, se lo tengo que entregar”. “Y, ¿cómo?” le pregunta María Teresa. Ella: “Primero con mi actitud de escucha, luego con mi forma de vestir, pero sobre todo con mi manera de amar”.

Chiara en este recorrido de madurez humana y espiritual es acompañada por otros jóvenes: en particular por aquellos de la Generación Nueva del Movimiento de los Focolares (apodados gen por la fundadora). Son muchas las ocasiones de encuentro con ellos, en un clima de unidad profundísima, con libertad y respeto absoluto en el contarse las experiencias de vida, los progresos y las dificultades vividas en el concretizar el amor evangélico.

Scan_055Una relación que crece con el paso del tiempo, y cada excusa para profundizarla es buena: llamadas, mensajes, fiestas, viajes, encuentros de profundización espiritual…

María Teresa cuenta: “Un día, regresando de uno de estos encuentros, Chiara llega a casa sin su reloj de pulsera. Le pregunto: « ¿Perdiste tu reloj? No – responde ella – lo puse en la cesta de la comunión de bienes para los pobres». Me sorprendí y le dije que no podíamos comprar otro, pero ella tranquilamente me dice: «No pasa nada», y yo ya no lo pensé más. Después de unos días el abuelo paternal, que pensaba hacerle un regalo, le preguntó si tenía un reloj, y ella sin muchas explicaciones le responde que no. Entonces el abuelo le da dinero y le dice: «Con este dinero ve a comprarte un reloj». Cuando el abuelo se fue, nos miramos y Chiara me dice: «Mamá, mi reloj ya volvió». Tenía once años.

Chiara es atenta y disponible con todos, desde la compañera de clase enferma hasta los abuelos que necesitan asistencia, desde los marginados del pueblo a los vagabundos que se encuentra en la calle cuando vuelve de la escuela.

En el periodo de Navidad, durante una visita con su clase al asilo de ancianos de Sassello, le quedó impresa en su cabeza una mujer chiquitita, con grandes ojos y una hermosa sonrisa: abuela Esperanza.

Con frecuencia iba a hacerle compañía y le ayudaba en cosas practicas –recuerda la mamá– la peinaba, le limpiaba la cara, le acomodaba la cama… Durante estas visitas abuela Esperanza le contaba muchas fábulas, entre todas la del deshollinador que a ella tanto le gustaba. Quise encontrarla también yo, y la primera cosa que me dijo fue: «Tu hija no es de este mundo…». También mi mamá, observando a Chiara, me repetía esto a menudo.

Su vida sigue con normalidad, para ella no hay diferencia entre ricos y pobres, entre los que le caen bien y los que no. Conoce la gratificación y el sufrimiento como otros. Un gran sufrimiento para ella fue la mudanza desde su querida Sassello a Savona, para empezar la escuela secundaria.

En el primer año de segundaria sufre un gran dolor: suspendió de forma inmerecida por incomprensiones con una profesora.

Pero a pesar de dificultades como esta, las tribulaciones de la adolescencia y la decepción por un amor que terminó cuando recién nacía, Chiara siempre se proyectó hacia los que le pasaban al lado, buscando transformar el odio en amor. No siempre lo lograba, y entonces decía que “Siempre se puede recomenzar”.