Verano 1988: a los 17 años la enfermedad de Chiara deja a todos sorprendidos.

Tras un fuerte dolor en el hombro se le cae la raqueta de tenis mientras juega un partido con amigos. En un primer momento los médicos creen que se trata de una costilla rota y le prescriben unas infiltraciones. Pero el problema no se resuelve, y cuando los médicos profundizan en los análisis el veredicto no deja muchos márgenes de esperanza: sarcoma osteogénico con metástasis.

En febrero de 1989 la primera intervención en Turín.

Después de veinte días, durante un examen específico en el Hospital pediátrico Regina Margherita, el médico informa a Chiara acerca de la gravedad de su enfermedad.

Su mamá quería acompañarla, pero por causa de una improvisada y peligrosa flebitis en una pierna tuvo que quedarse en la cama, en una casa que una generosa familia, hasta el momento desconocida, dejó disponible para acomodarlos durante la quimioterapia. Así que a la primera visita le acompañó su papá, y la mamá recuerda:

“La esperaba, pero los minutos pasaban y se transformaron en horas, hasta que a través de la gran ventana de la habitación la vi volver. Caminaba muy lentamente con su abrigo verde, las manos en los bolsillos y su papá que la seguía un paso atrás. Justo cuando abre la puerta le pregunto: «Chiara, ¿cómo te fue?»; pero ella, con cara decepcionada y sin mirarme, responde: «Ahora, no hables – por dos veces – Ahora, no hables». Y se deja caer en la cama.
Aquel silencio era terrible, yo quería decirle muchas cosas, «verás, tal vez… eres joven…» pero sentía que debía que respetar lo que ella me pedía.
Yo la miraba: tenía los ojos cerrados, pero me daba cuenta mirando su rostro de toda la lucha que ella estaba haciendo dentro de sí. Muchas veces dijo su sí a Dios, pero en la alegría; ahora se lo tenía que decir en su dolor más grande, pero no lo lograba.
En un estante arriba de la cama había un pequeño reloj. Después de veinticinco minutos que parecían infinitos, ella se dio la vuelta y me miró, y con su sonrisa de siempre me dice: «Mamá, ahora, puedes hablar».
Pensaba dentro mío: “Jesús, ahora Chiara dijo su propio sí pero, ¿cuántas veces tendrá que repetirlo, cuántas veces caerá?” Chiara gastó veinticinco minutos a decir su sí, y nunca dio vuelta atrás.

Después de los primeros ciclos de quimioterapia empieza a perder el uso de las piernas. Un día pregunta a María Teresa: “Mamá, ¿no caminaré más? Me encantaba ir en bicicleta…” Y ella: “No te preocupes, si Jesús te quitó las piernas, te pondrá alas”.

Es siempre María Teresa la que habla:

“Recuerdo que cuando dejamos Turín para volver en Sassello, nos paramos como de costumbre en un autogrill (una estación de servicio que se encuentra por las carreteras italianas). Chiara, que en general bajaba con su padre a comprar algo, también esta vez hizo el gesto automático para bajar, pero se dio cuenta que ya no lo podía lograr, y con un tono neutral dijo: «¡Ah, claro! Ya no puedo caminar más…». Frente a estas palabras sentí que moría, y estando sentada detrás de ella, le puse mis manos en sus hombros y los apreté con fuerza, buscando calmar mi grito de dolor”.

Y papá Ruggero añade:

“Seguramente ella ofreció también este dolor a Jesús, en aquel momento tan precioso, porque allí se dio cuenta que nunca más hubiera podido caminar. Esto es algo que me golpeó mucho porque fue también para nosotros un momento muy duro; pero viendo como ella lo vivía nosotros no podíamos quedarnos a nuestro nivel humano, hecho de tristeza y preocupaciones, ya que ella siempre quería estar, quedarse junto a nosotros, en aquella dimensión que podríamos definir humano-divina. Lo que siempre nos ayudó en estos años fue la presencia de Jesús entre nosotros, el intento de ofrecerLe este dolor, así como pudiéramos, los tres al mismo tiempo pero cada uno por su propia cuenta: para que Él nos diera la fuerza. Y se sentía esta serenidad, el vivir en una dimensión sobrenatural: te pasan cosas, pero no logras entenderlas hasta el final. Pensándolo de vuelta hoy en día, tenemos que decir que aquellos fueron los dos años más bendecidos por Dios para nuestra familia: Jesús nos hizo vivir algo extraordinario, tan extraordinario que tampoco lo podemos explicar”.

Scan_058En junio Chiara enfrenta una segunda intervención: las esperanzas son muy escasas. Las visitas al hospital de Turín son cada vez más frecuentes. En el “Regina Margherita” se alternaban los y las gen, y muchos otros amigos del Movimiento para dar apoyo a ella y a su familia.

Las intervenciones son dolorosas. Chiara quiere ser informada sobre cada detalle de su enfermedad, y por cada nueva dolorosa sorpresa ella nunca vacila. “¡Por ti Jesús: si Tu lo quieres, yo también lo quiero!”

Mientras tanto con Chiara Lubich sigue una relación epistolar: a ella confía sus descubrimientos y oscuridad del alma. La fundadora del Movimiento le escribe: “Dios te ama inmensamente y quiere entrar profundamente en tu alma, y hacerte experimentar gotas de cielo. Chiara Luce es el nombre que pensé para ti; ¿te gusta? Es la luz del Ideal que vence al mundo”.

Mientras tanto se adelanta, siempre más vivido, el presentimiento de la muerte: “Mamá, ¿es justo morir a los 17 años?” Le pregunta un día. Y María Teresa: “No lo sé. Solo sé que lo importante es hacer la voluntad de Dios, si este es su diseño sobre de ti”.

Scan_067Poco después Chiara sufre una grave hemorragia. Está en peligro de vida y pregunta a la mamá: “¿Crees que será una falsa alarma, o que me iré?” Y la mamá: “No lo sé Chiara, para irse se necesita el tiempo de Dios; pero quédate tranquila, ya tienes tu maleta lista, llena de actos de amor, y solo cuando sea el momento Jesús te tomará de las manos y te dirá: “¡Ven, ahora nos vamos!” Chiara le pidió que no le soltara la mano, y la mamá la tranquiliza: “No te preocupes, la dejaré sólo cuando sienta que la agarró la Virgen”. Los amigos hacen turnos de oración a lo largo de toda la noche. Los médicos tienen dudas, no saben si dejarla morir o practicarle una transfusión; los padres están perdidos, en el medio de esta duda atroz, sin lograr entender qué es mejor para su hija. Dentro de poco son los médicos los que deciden si seguir con las curas. Chiara vivirá todavía un año. Otros meses que serán decisivos por ella.

Scan_094A pesar de ser reducida a la inmovilidad Chiara es siempre muy activa: el pequeño teléfono de su habitación se transforma en el instrumento esencial a través del cual hace circular nueva vida, reflexiones de alma, comunica y recibe sentimientos de cercanía. En aquel periodo Chiara Lubich propone a los jóvenes de todo el mundo un nuevo movimiento internacional y en el congreso de fundación de los Jóvenes por un Mundo Unido, resuenan palabras que dejan una marca en hospital donde Chiara sigue en cama: “Se necesitaba aquel sufrimiento (de Jesús en la cruz), aquel dolor para redimir el mundo – dice Chiara Lubich– Se necesita también nuestro sufrimiento para formar un mundo unido (…) Vivir a “medias tintas” es demasiado poco para un joven que tiene una vida sola: se requiere algo grande… Dios les propone algo grande: a vosotros el compromiso de aceptarlo”.

Es la experiencia que Chiara Luce está cumpliendo; de esta forma continúa viviendo y ofreciendo cada nueva dificultad estando presente de mil maneras. Por medio de la antena parabólica puesta en el tejado de casa puede asistir en vivo al Genfest (un evento al cual participan jóvenes de todo el mundo que se desarrolla en Roma en mayo de 1990). También África está siempre en su corazón: entrega el dinero recibido por sus dieciocho años a un amigo que se está por ir en Benín: “A mí no me sirve, ya lo tengo todo”, comenta.

Chiara vive todo lo que le pasa con sencillez y una profundidad impresionante: en aquella habitación lo místico y lo sagrado adquieren la normalidad de lo cotidiano, y lo ordinario de una santidad extraordinaria. Como siempre habla poco de su enfermedad, pero a cualquiera que se le acerque comunica serenidad, paz, alegría. Simplemente, Chiara sigue amando: a los padres, los médicos, las enfermeras, los amigos… También cuando – como escribirá a Chiara Lubich – “la medicina depuso las armas”.