“Acuérdate, señorita, que Dios te ama inmensamente”. Estas palabras, dichas a Chiara Lubich por un fraile capuchino mientras que el mundo asistía a la Segunda Guerra Mundial, provocaron en aquella maestra de tan solo veinticinco años una revolución copernicana destinada a cambiar su vida y la de cientos de otras personas en el mundo. Desde esta toma de conciencia del amor personal de Dios por ella y por cada criatura, habría comenzado aquel carisma particularísimo y todo aquello que, desde ahí a algunos años, gracias al Movimiento de los Focolares, empezó a propagarse en todo el mundo. Esta misma frase Chiara Lubich la repitió en una carta a Chiara Badano, cuando ya estaba inmovilizada en la cama por el tumor, recordándole el sentido y el valor de lo que estaba viviendo.

Pero justo aquella frase dejó una marca en ella, mucho antes que su enfermedad. Y fue gracias a esta misma que la joven Badano logró a enfrentarla: más que como una pelea que hay que luchar, como una nueva manifestación del amor de Dios por ella. Un amor, es cierto, a años luz de los regalos y los deseos humanos, pero un amor en el cual hay que confiar en cada instante: en las pequeñas cosas de cada día, en los encuentros, en los enredos de la vida, y sobre todo en este que será el desafío más grande de su existencia: una prueba que ella supo, no solo aceptar, sino incluso aprovechar para dar a aquel Amor un regreso.

CAsí como lo hizo su mamá espiritual décadas antes, también la joven Chiara supo encontrar el amor de Dios en todo lo que le pasaba, aún más en sus dos últimos años de vida. En este sentido su enfermedad no marcó en absoluto un vuelco en su recorrido existencial sino más bien fue un instrumento para acelerarlo. Para ella todo era la simple manifestación de un Amor Divino, y como tal, infinito, eterno, incorruptible, pero sobre todo tan personal que sentía la necesidad de profundizarlo cada día para descubrir cada vez más armonía, para saborear nuevas dulzuras, dentro y fuera de ella. “Dios es amor” repetía para sí miles y miles de veces, no con palabras, pero como si fuera un pulso natural del corazón. Era la razón de ser de la Creación, el sentido mismo de su vida, y como Chiara Lubich aprendió a encontrar las confirmaciones no sólo en el esplendor de la Naturaleza a su alrededor, en la belleza de las obras maestras y en la majestosa complejidad del Universo, sino también en cada persona cercana, y en cada frase del Evangelio de Jesús.

Desde aquí disfruta de esta felicidad íntima e inefable que la acompañó también en los momentos más duros, regalándole siempre aquella sensación de plenitud y de serenidad con la cual supo enfrentar los “cuellos de botella” más oscuros, y que sabía irradiar a cualquier persona a su lado. “Dios es amor”, entonces todo es amor, para mí y para ti, parecía repetir con su mirada luminosa, una convicción inquebrantable que la acompañó hasta su último aliento.